VIRIDARII CHYMICIE -Jardín Químico- Grabado XXIV del Viridarium Chymicum de Daniel Stolcius


Traducción al Castellano:
JARDÍN QUÍMICO
Raimundo Lulio, el Hispano.
Lulio confiesa que, siendo Arnoldo su maestro,
continuó su camino hacia las artes químicas.
Un Proteo en ingenio, un Policleto en la regla, y un Dédalo
en el arte; gran gloria del suelo hispano.
Él relata que el principio masculino pone en acto el cuerpo del infante,
cuando la mujer le ha sido unida.”


Breve Comentario Hermético de los Versos
Para profundizar en el texto, Stolcius utiliza aquí tres potentes analogías de la mitología clásica y una máxima operativa:
"Arnoldo su maestro": Se refiere a Arnau de Vilanova (Arnaldus de Villa Nova). La tradición alquímica medieval y renacentista siempre los unió como maestro y discípulo, representando la transmisión del conocimiento hermético más elevado de la península ibérica.
"Un Proteo en ingenio": Proteo era el dios marino que cambiaba constantemente de forma. Alude a la capacidad de Lulio para comprender las transmutaciones y la naturaleza cambiante e inasible de la Prima Materia.
"Un Policleto en la regla": Policleto fue el escultor griego famoso por establecer el canon (la regla de las proporciones perfectas). Esto alaba el rigor geométrico, la medida y el equilibrio exacto que Lulio aplicaba en sus obras (fiel a su famoso Ars Magna).
"Un Dédalo en el arte": Dédalo es el arquitecto mítico del laberinto de Creta, el símbolo del ingenio supremo para construir y resolver lo indescifrable.
El "Infante" y la "Mujer": Los dos últimos versos describen de forma velada la Conjunción. El principio masculino (el Azufre, el fuego) activa y da forma al "infante filosófico" (la Piedra o el Elíxir naciente), pero esto solo es posible cuando se une indisolublemente a la mujer (el Mercurio, el principio femenino y húmedo).
A partir de este momento, las líneas que siguen dejan de ser una voz solitaria; se abren y se enriquecen con la simiente tomada del jardín de Manuel Morales, permitiendo que su oro filosófico germine en este nuevo crisol.
El Taller de la Memoria: La Regla, el Laberinto y el Cuidado del Infante Filosófico
En el grabado XXIV del Viridarium Chymicum de Daniel Stolcius (1624), que acompaña el texto antes descrito, la imagen nos sitúa en un espacio que es, a la vez, galería abierta al horizonte y taller o laboratorio cerrado. Tres figuras adultas rodean a un niño en el centro de la escena. Si nos detenemos con suficiente atención en este "jardín químico", la alegoría clásica comienza a revelar un método diagnóstico sobre nuestra propia condición.
Los versos en latín alaban a Lulio utilizando tres analogías de la mitología clásica que describen las funciones esenciales de la transmisión humana: Proteo (el ingenio cambiante ante la materia viva), Policleto (el rigor de la regla y la proporción) y Dédalo (el arquitecto capaz de construir y resolver el laberinto).
Sin embargo, el núcleo operativo de la estampa no descansa en las destrezas de los adultos, sino en la escena central: el cuidado y la puesta en acto del cuerpo del infante.
La Aduana del Mundo y la Regla de Policleto
A la derecha de la imagen, un personaje erguido, provisto de espada y atuendo de viajero, señala con el dedo hacia el niño. Representa la instrucción exterior, la norma o la regla (el canon de Policleto). Es inevitable ver en esta figura la función de esa aduana fronteriza que todos recibimos al llegar: las leyes del gallinero social, los criterios prestados, los códigos y las exigencias del Mundo que aguardan al recién nacido antes incluso de que este pueda pronunciar la palabra "yo". El adulto de la espada encarna el libreto que intenta ordenar el tránsito de la vida, dictando desde fuera quién debe ser el individuo y bajo qué límites ha de circular.
El Niño como Condición: Singular y Múltiple
Frente al rigor de la norma, en el lado izquierdo, el niño aparece tal como se llega a este mundo, desprovisto de herramientas, de ropajes o de nombres. Llega en un estado de inocencia radical, libre de las escorias del tiempo.
Sin embargo, la imagen nos muestra que el infante no está solo ni aparece en el vacío. Está sostenido por dos figuras que representan los principios binarios de la naturaleza (lo masculino y lo femenino, el Azufre y el Mercurio). Aquí radica la naturaleza del niño: es singular porque su aparición es un acontecimiento único en el tiempo, pero es múltiple porque su cuerpo y su existencia física son el resultado de quienes llegaron antes. Alrededor de su fragilidad ya hay un universo preparado: caminos trazados por desconocidos y manos que lo sostienen para que no caiga.
El Amor como Procura frente al Laberinto de Dédalo
Los dos personajes que asisten al niño no compiten entre sí; cooperan en un acto de protección y sustento. El texto hermético nos dice que el principio masculino «pone en acto el cuerpo del infante, cuando la mujer le ha sido unida». En este contexto, la conjunción no es un concepto abstracto, sino un diseño operativo: el amor traducido como procura. El verdadero trabajo del taller no consiste en acumular defensas frente al exterior, sino en abrigar y alimentar la vulnerabilidad original para que pueda ponerse en marcha.
Cuando la procura se encierra exclusivamente en el blindaje privado, el mundo se convierte en el laberinto hostil de Dédalo, una máquina gobernada por el miedo al desamparo. Pero el grabado de Stolcius nos propone una alternativa: las figuras miran al niño con atención concentrada, situándolo en el centro exacto del espacio común. No le imponen la espada; le aseguran el paso.
Conclusión: El Relevo Limpio
El grabado XXIV es la partitura de un acontecimiento kairótico: la caída en cuenta de que la humanidad avanza mediante relevos. Los maestros, los manuales y las herencias del pasado (representados por la memoria de Arnau de Vilanova transmitida a Lulio) no deben repetirse de manera ciega o dogmática.
La labor del técnico en este laboratorio humano consiste en entrar al taller, revisar las herramientas heredadas, esmerilar las escorias del miedo y procurar que aquello que entregamos al siguiente niño se parezca un poco más a un hábitat de paz. Al final, el gran misterio de la transmutación no se esconde detrás de las montañas que se vislumbran al fondo del cuadro; habita en nuestra capacidad de recibir una vida, limpiarla en nuestro propio taller y entregarla transformada, como un conducto limpio, hacia el porvenir.
AA
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