Lux obnubilata
Conservamos textos que no fueron escritos para ser leídos en el frío aislamiento de la mente, sino para ser cantados por el alma. Cuando Fra Marcantonio Crassellame Chinese —pseudónimo tras el que se ocultaba el ingenio del marqués Francesco Maria Santinelli— dio a la imprenta su Lux obnubilata suaptè naturâ refulgens en la Venecia de 1666, no solo nos legó un tratado de filosofía hermética; nos entregó una partitura mística oculta en el ritmo y la métrica de sus versos.
Para Crassellame, la verdad no se revela a través de la árida especulación, sino a través de la belleza lírica. Su obra pretende recordarnos que la chispa divina, la Luz Inmortal, habita exiliada y oscurecida (obnubilata) bajo las densas nubes de la materia y el ego humano. El trabajo del operario no es fabricar oro vulgar, sino disipar esas tinieblas para que la luz interior vuelva a refulgir por su propia naturaleza.
Os muestro, por fin, el primer canto de de la Lux obnubilata, conocido en español como La Luz surgiendo por si misma de las tinieblas:
CANTO PRIMERO
I
El Caos tenebroso surgió como una Masa confusa del fondo de la Nada, con el primer sonido de la Palabra todopoderosa; se dijo que el desorden lo había producido y que una cosa semejante no podía ser la obra de un Dios, de tan informe que era. Todas las cosas estaban en él, en un profundo reposo, y los elementos estaban allí confundidos porque el divino Espíritu todavía no las había distinguido.
II
Y ahora, ¿Quien podría explicar de qué manera los cielos, la tierra y el mar fueron formados, tan ligeros en sí mismos y sin embargo tan vastos si consideramos su extensión? ¿Quien podría explicar cómo el Sol y la Luna recibieron allá arriba el movimiento y la luz y cómo, todo lo que vemos aquí abajo obtuvo la Forma y el Ser? ¿Quien podría, en fin, comprender de qué modo cada cosa recibió su propia denominación, de qué modo fue animada por su propio espíritu y de qué modo, al salir de la Masa impura y desordenada del Caos, fue regulada por una ley, una cantidad y una medida?
III
¡Oh, vosotros, del divino Hermes los hijos e imitadores, a quienes la Ciencia de vuestro padre ha mostrado la Naturaleza al descubierto: únicamente vosotros y tan sólo vosotros sabéis de qué modo esa mano inmortal formó la Tierra y los Cielos a partir de la Masa informe del Caos, pues vuestra Gran Obra muestra claramente que, de la misma manera que se hace vuestro Elixir filosófico, ha hecho Dios todas las cosas.
IV
Pero no corresponde a mi feble pluma el trazar tan gran retablo, pues todavía no soy más que un mísero hijo del Arte, sin ninguna experiencia: no es que vuestros doctos escritos no me hayan hecho percibir el verdadero objeto hacia el que conviene ir, o que yo no conozca bien ese Iliaster que contiene todo lo que nos es necesario al igual que ese admirable compuesto con el que habéis sabido llevar de la potencia al acto la virtud de los elementos.
V
No es que yo no sepa bien que vuestro Mercurio secreto no es otra cosa sino un espíritu viviente, universal, innato que desciende sin cesar, en forma de aéreo vapor, del Cielo a la Tierra para llenar su vientre poroso, para nacer después entre los azufres impuros y que, al crecer, pasa de la naturaleza volátil a la fija, dándose a sí mismo la forma de húmedo radical.
VI
No es que yo no sepa bien que si nuestro Vaso oval no está sellado por el Invierno, jamás podrá retener el vapor precioso sin el cual nuestro hermoso Hijo morirá ya en su nacimiento, si no es prontamente auxiliado por una mano industriosa y por los ojos de Linceo, pues de otro modo no podrá ser alimentado con su humor primero, a ejemplo del hombre que, después de haber sido alimentado con sangre impura en el vientre maternal, vive de leche cuando ya ha venido al mundo.
VII
Pero, aunque yo sepa todas estas cosas todavía no me atrevo a argumentar con vosotros, pues los errores ajenos siempre me dejan en la duda. Pero si vosotros estáis más movidos por la piedad que por la envidia, dignaos expulsar de mi espíritu todas las dudas que lo embargan y si puedo ser lo bastante afortunado como para explicar con distinción en mis escritos todo cuanto concierne a vuestro Magisterio, haced, os conjuro, que de vosotros reciba yo como respuesta: Trabaja audazmente, pues sabes cuanto es necesario saber.
Si alguno de vosotros quiere investigar la obra completa en español y no la encuentra, me la puede pedir a través de correo electrónico. En este enlace podéis curiosear una edición antigua que se conserva: archive.org

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