El Crisol del Silencio
Caminaba sin dejar más huella que un leve aroma a azafrán y ceniza húmeda. Para el mundo, su nombre era Al-Jidr, un tejedor de alfombras que cruzaba las llanuras de Anatolia y los mercados de Alepo; para el fuego de su pecho, el nombre era un secreto impronunciable. En su interior, el azufre rojo ya había desposado al mercurio volátil; la Luna se había disuelto en el abrazo de oro del Sol. El rey y la reina reposaban en el tálamo de su alma, transmutados en una sola carne transparente. Pero el oro más puro no brilla hacia afuera; se disfraza de plomo para no herir los ojos de los ciegos.
En un callejón de Fez, donde el agua de los pozos murmura versos antiguos, un teólogo de mirada severa y turbante inmaculado detuvo su paso. El erudito, intuyendo una hondura extraña en los ojos del viajero, le preguntó:
—Dime, caminante, ¿dónde termina la ley de Dios y dónde empieza el abismo del hombre?
Al-Jidr sonrió, y su voz sonó como dos piedras de río chocando en el fondo de un pozo:
—La ley es la vasija, el abismo es el vino. Dios no está en la vasija, sino en la embriaguez que rompe el barro. Si quieres encontrarlo, debes estar dispuesto a ser destruido por Su belleza, a ver que el bien y el mal son solo las dos manos del mismo Amado.
El teólogo retrocedió, palideciendo. Vio en la mirada del sufí un vacío infinito, una noche sin estrellas que amenazaba con devorar sus dogmas y sus certezas.
—¡Apartaos de mí! —exclamó, cubriéndose el rostro—. Lleváis el aliento de Iblís en las palabras. Confundís la luz con la tiniebla. ¡Eres un demonio atrapado en la carne!
Y huyó, buscando el refugio de la mezquita, ignorando que acababa de huir de la mismísima Piedra Angular.
Meses después, bajo los techos turquesa de Isfahán, el sol de la tarde encendía el polvo suspendido en el aire. Un joven poeta, de manos finas y ojos cargados de anhelo místico, cayó de rodillas ante Al-Jidr al escucharle recitar un fragmento rimado sobre la disolución del ser.
—¡Oh, maestro! —gimió el joven, bañado en lágrimas—. Tus palabras huelen al perfume del séptimo cielo. En tus ojos veo el reflejo de Gabriel y las jerarquías celestes. Posees la ciencia de los ángeles. Te lo ruego, acéptame como tu discípulo; déjame beber el polvo de tus sandalias.
Al-Jidr lo miró con una compasión tan profunda que dolía, pero no extendió su mano.
—Buscas un espejo que te devuelva tu propia fantasía de santidad —respondió suavemente—. Quien busca un ángel, no puede soportar el peso de un hombre de tierra. No te acepto, porque veneras la jaula de luz que has construido, no el fuego que la consume. Sigue tu camino, tejedor de nubes.
El joven se marchó llorando, desconsolado por el rechazo de la divinidad que creía haber encontrado. Al-Jidr suspiró. Sabía que adorar el oro antes de que pase por el crisol es solo otra forma de idolatría.
La caravana llegó finalmente a un caravasar semiderruido en las afueras de Samarcanda, allí donde el desierto empieza a devorar la memoria de los hombres. El aire era frío, preñado del aroma mineral de la piedra pura.
Junto a una hoguera mortecina, un viejo viandante de ropas remendadas, que no llevaba libros ni rosarios, alimentaba el fuego con espinas secas. Al ver entrar a Al-Jidr, no se postró, ni se asustó, ni pronunció alabanzas. Simplemente le ofreció un cuenco de agua clara.
El viejo miró al sufí a los ojos, largo tiempo, en un silencio donde el tiempo pareció detenerse. En las pupilas de Al-Jidr no vio a un demonio destructor, ni vio a un ángel radiante. Vio algo más antiguo y más simple: vio el matrimonio perfecto de la ceniza y la chispa, el reposo absoluto de quien ha muerto antes de morir y ha resucitado en el centro exacto de la Realidad.
—Has caminado mucho —dijo el viejo con voz mansa—. Se nota que el viaje ha terminado dentro de ti. El Rey y la Reina ya no pelean en tu palacio.
Al-Jidr sonrió, y por primera vez en años, su sonrisa no llevaba el velo de la ironía o la tristeza. La boda secreta, la gran obra, había sido testificada.
—Pocos conocen el sabor de la tintura —dijo el maestro.
Sin que nadie más en la posada lo notara, Al-Jidr metió la mano en el pliegue de su gastado manto de lana. Extrajo un pequeño trozo de piedra de un color rojo violáceo, denso como el destino, acompañado de un fino polvillo que brillaba con luz propia, como si retuviera el sol de la creación. Era el Polvo de Proyección, la sustancia capaz de transmutar lo efímero en eterno.
Se lo depositó en la palma callosa al viejo.
—Toma —susurró Al-Jidr—. Para que recuerdes que la tierra y el cielo ya se han besado en este suelo. No para que hagas oro en el mundo, sino para que sepas que el mundo ya es de oro.
El viejo cerró el puño, apretando el don contra su pecho. Cuando levantó la vista, el tejedor de alfombras ya se había marchado, fundido con la noche del desierto, dejando tras de sí el olor de la Gran Obra cumplida en el más absoluto y perfecto silencio.
AA
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